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martes, 29 de abril de 2014

lunes, 28 de abril de 2014

domingo, 27 de abril de 2014

EL CUENTO POLICIAL. (PARA 7°)

El tema que sigue es complementario, no hay que copiarlo. Sólo léanlo  y después  leen el cuento que sigue titulado "Los asesinos de Hemingway". Tanto el tema como el cuento son complementarios del tema que estamos viendo en clase y son para que profundicen sobre el cuento que tienen que escribir para entregar en próximas fechas.

Las actividades sobre el cuento las desarrollaremos en clase

Cuento policíaco (tema complementario)

Un cuento policíaco es aquel que agrupa las narraciones breves de hechos ficticios o reales, relacionados directamente con criminales y con la justicia, generalmente teniendo como tema principal la resolución de un misterio, la persecución de un delincuente, o temáticas similares. El cuento puede ser clásico o negro;

  • Clásico: que el policía sea el que se encarga de su trabajo y de la investigación detectivesca y policial;
  • negro: que el detective o el policía se mete en el bando contrario para poder atrapar al criminal.

El cuento policial es un cuento de crimen misterio y persecución

Partes de un cuento policíaco

- Planteo de un enigma a resolver A partir de un dilema, es que se desarrolla una historia.
- Narración del proceso de investigación Permite aclarar el interrogante planteado al comienzo.
- Resolución del enigma Se logra mediante: (A) El examen y observación de los hechos materiales y psicológicos, sobre los que se sacan conclusiones; (B) El razonamiento a partir de posibles hipótesis (el investigador muchas veces no necesita observar el escenario del crimen).

Elementos caracterizadores
- Personajes: Se presentan en una perspectiva antitética: el policía, el detective, el inspector; el asesino y el espía, o sea los buenos y los malos. Por lo general son tipos, tienen caracteres bien definidos y no evolucionan a lo largo del relato.
- Estructura: Habitualmente es un relato que se hace al revés de la narrativa tradicional. Al comienzo se presenta el enigma que debe ser resuelto al final. El tiempo para aclarar el misterio procede en dos sentidos: mientras avanza la investigación, futuro, se revela el enigma, pasado. Pero hay que tener en cuenta que a este relato precede una etapa previa de organización: cuando el escritor imagina o fragua esa historia sigue un orden cronológico o lineal (comienzo, desarrollo y desenlace). Al escribirla invierte los resultados y los presenta al comienzo.
- Ambiente: Es cotidiano, familiar al lector. En los primeros relatos el crimen ocurría en espacios interiores, en cuartos cerrados. En la actualidad, la violencia se desata en las calles, ante la sorpresa o indiferencia de los posibles testigos.

- Trama: La acción brinda el mayor suspenso. Deja siempre un hilo o eslabón por resolver. Con rigor deductivo, el investigador y el lector desentrañan el enigma al reunir esos hilos en el desenlace. Al principio se proponen varias soluciones fáciles, a primera vista tentadoras, que sin embargo resultan falsas. Hay una solución inesperada, a la cual sólo se llega al final. Para la solución del enigma se desecha todo elemento sobrenatural o inexplicable. Es un relato hecho para que el lector participe en desentrañar el misterio, e ingresar en el mismo como un investigador más.
- Definición: El relato policíaco es aquel que, por medio de la deducción lógica, identifica al autor de un delito y revela sus móviles.
- Extensión: El cuento policial tiene generalmente la extensión de un cuento, aunque claro está, hay también cuentos policiales muy breves o minicuentos policiales, como por ejemplo el de Marco Denevi titulado precisamente Cuento policial. [3

Tipos de cuentos policiales

El cuento policiaco tiene muchos tipos o clases: 

1.     De enigma
 
Un difícil crimen tiene lugar y el detective lo resuelve gracias a sus dones deductivos. Los detectives suelen ser: excéntricos, cultos y brillantes; se relacionan "con la alta sociedad"; y toman la investigación como un reto a la inteligencia. Son intelectuales que aplican métodos racionales, principios científicos y técnicas modernas basadas en muchos conocimientos
 
2.     Negro

El detective trabaja por un sueldo, es decadente, solitario, desencadenado y pone en riesgo su vida. Se ven involucradas cuestiones como por ejemplo lugares marginales; el detective avanza a lo brusco, lo contrario al clásico. 

3.     De problema

El crimen es resuelto por medio de pruebas físicas y psicológicas, así como declaraciones de testigos y sospechosos (y/o de la víctima)
 
4.     De suspenso

El cuento se presenta en un ambiente oscuro, desconocido, peligroso y tenebroso, en donde se concretan casi siempre asesinatos en medio de la trama, dando un efecto de terror.

 

Elementos del cuento policíaco 

1.     Pistas

Son indicios que ayudan al investigador a resolver el caso. Pueden ser materiales, o algunos datos aportados oralmente por los testigos, los sospechosos, y la víctima. 

2.     Escena del crimen

Es el lugar donde se cometió el crimen, es el principal lugar en el que se encuentran las pistas. 

3.     Hipótesis

Es una teoría que realiza el investigador o algún otro personaje de la historia sobre la resolución del caso. A lo largo del caso generalmente se elaboran más de una, y pueden ser casi iguales entre sí o muy variadas.

4.     Investigación

La investigación es el proceso que lleva a cargo el detective para resolver el caso. En este proceso generalmente:

a. Busca pruebas.

b. Interroga a los testigos, a los sospechosos y a la víctima.

c. Revisa la escena del crimen y los alrededores en busca de pistas.

d. Analiza las pistas.

e. Comprueba las hipótesis.

f. Resuelve el caso.

  

Los asesinos de Hemingway

Michel García


Dos hombres entraron a la casa, y esperaron en silencio a que los ojos se les acostumbraran a la oscuridad. Hemingway dormía al fondo, y afuera una fina lluvia empañaba los cristales. Acariciaban en sus manos revólveres, y al cabo de un rato pudieron caminar por entre los muebles, en la penumbra. Oían como un rumor los ronquidos del viejo Hem. 
-¿Qué hacemos ahora?-preguntó uno. 
-No sé exactamente-respondió el otro.  

 En las ventanas la lluvia aumentaba, se escuchaban truenos y podían ver las sombras de los árboles al viento, que opacaban la luz de los faroles. Caminaron hacia una habitación que parecía ser una oficina, en la que había una mesita repleta de libros, una máquina de escribir, hojas blancas y una botella de whisky con un vaso a medio usar al lado. Revisaron en las gavetas. No encontraron nada.  

 Pasaron a un cuarto amplio, acomodado con dos camas, donde también habían libros y colgaderas de animales. Vestían ropas negras apretadas, capuchas que solo dejaban ver sus ojos, y aunque sus estaturas eran diferentes al igual que su complexión física, en medio de la noche parecían hermanos vestidos igual para la misma ocasión. 
 Uno le extendía al otro de vez en cuando manuscritos corregidos, buscando su aprobación. 
-¿Es este? -No, el muy desgraciado lo tiene bien escondido.  

-¿Y ahora? -A seguir buscando, vivo. 

 La tormenta arreciaba, y las luces de afuera amenazaban con quedar completamente apagadas.  

 De repente oyeron que el ronquido de Hemingway cesaba, y el susurrar cada vez más cercano de unas pantuflas afelpadas. Se escondieron bajo las camas, y divisaron las piernas del viejo que se dirigían al baño. Oyeron el largo chorro que soltaba Hemingway, y el sonido de descargar el inodoro. Otra vez se acercaron las pantuflas, que sin sospecha se detuvieron en la puerta del cuarto, y ellos apretaron por instinto los revólveres. Pero Hemingway siguió camino hasta su habitación, y en breve volvieron a sentir sus ronquidos.  

 La búsqueda no prosperaba. A la poca luz de los relámpagos solo podían distinguir las cabezas muertas en las paredes, que parecían vigilantes silenciosos de ojos cristalinos, y los papeles se les perdían en la oscuridad.

 Se movieron por toda la casa, evitando el cuarto del viejo. Abrían libros, levantaban almohadas y sábanas viejas, colchones húmedos, pero no aparecía lo que los había llevado allí. Comenzaron a sudar, a pesar del frío que entraba por las ventanas.

 Durante días habían ido a vigilar al escritor, atisbando por entre las ventanas y las veladoras, disfrazados de extranjeros. Verificaron los horarios de apertura y cierre del museo, el movimiento de las personas, la estructura de la casa, sus alrededores, la rutina de Hemingway y los cambios de guardia de los custodios. Ahora sentían que todo el esfuerzo se podía ir a la mierda, si no encontraban algo. Empezaron a desesperarse, pero decidieron mantener la calma.

 Ya estaban en el interior, sólo tenían que buscar. En sus ojos se dibujaba una impaciencia, un deseo inaudito de no ser sorprendidos.

 Los truenos sucedían, llenando de un silencio pavoroso el intervalo entre ellos.

 Después de una última mirada confusa, se dirigieron hacia el fondo de la casa, más allá del comedor. Chequearon los revólveres, y en una fracción de segundo pudieron ver en los cristales el rápido desplazamiento de las nubes. Afuera las luces se habían apagado ya definitivamente.

 Hemingway dormía boca arriba, acurrucado con sobrecamas rojos y bufando el aire de los pulmones. Los hombres lo miraban con terror, y sin decirlo agradecieron que la más plena oscuridad los cobijara. Se miraron sin saber que hacer.

-Haz algo. 
-No sé qué.
-Lo que se te ocurra, vamos.  

-No, tengo miedo. 

-Bah, parece mentira, vivo.

 Con sigilo examinaron el cuarto, abriendo pequeñas gavetas y el escaparate de espejos. Les impresionó ver su propia imagen reflejada con total exactitud.

 Cerraron las puertas asqueados de tanta lluvia y silencio, de no encontrar nada, y con las manos señalaron los revólveres. No había otra solución. 

El disparo sonó en medio de la madrugada, disimulado por un trueno que estremeció los cristales.

 

 

martes, 15 de abril de 2014

PARA 6° Y 7°


COMPRENSIÓN DEL LECTURA. ENTREGAR EN HOJAS; PUEDEN PONER SOLO EL NÚMERO DE LA PREGUNTA Y LA LETRA DE LA RESPUESTA, COMO SE HA HECHO EN CLASE.


Sibila del lenguaje 

Un poeta se asombra de que Dios, que hizo un mundo tan vasto y tan rico en matices, tan tejido de abismos en lo grande y en lo pequeño, haya añadido a ese copioso invento los espejos, que lo duplican todo sin fi n. Más asombrosa es la existencia del lenguaje, espejo también, pero mágico, pues no sólo permite ver el mundo físico sino advertir lo invisible y lo intangible, nombrar lo venidero y lo inexistente. El lenguaje es el misterio y la solución del misterio, es la rosa y cada uno de sus pétalos, es el desierto y cada uno de sus granos de arena, el eléctrico abismo lleno de soles que hay en cada partícula.

La eternidad es el paso de todos los desiertos por el ápice del reloj de arena, la eternidad se mide por el desgaste que cada mil años produce en la pirámide el roce del ala de una mariposa. Tan bello como nombrar “el pan de cada día”, los “lirios del campo y las aves del cielo”, es poder nombrar la gracia, la libertad, la justicia, sueños apenas presentidos o anhelados, por los que sin embargo los mejores humanos siempre estuvieron dispuestos a entregar la alegría y la vida. Nos fue dado un laberinto de lluvia y de hierro, una jungla de extravío y de necesidad, y el lenguaje descifró en ellos la transparencia y el rigor, la orientación y el mérito. Nos fue dado el dolor, y el lenguaje inventó la sensibilidad. Nos fue dado el rugido, y nosotros, inspirados por dioses que nunca acabarán de tener nombre, inventamos el canto. Estamos solos y perplejos en un jardín asediado por el miedo y por el infinito, por la muerte y por la locura. Más allá todo es caos, todo es enigma, todo es pavor y silencio, pero aquí, en el reino del lenguaje, el miedo se serena en fábulas y el infinito se doma en fantasías, la muerte se dora de   filosofías y de plegarias, la locura se resuelve en mitos y en músicas, el caos se ordena en geometría, el enigma se destila en sentencias, el pavor se limita en demonios y en dioses, el silencio se hace instrumento de la música, pausa armoniosa entre dos palabras que se encuentran por primera vez. Oración que sitúa y ordena, conjuro misterioso que sana y que convoca, plegaria emocionada que agradece y celebra, que no falte en los labios y en la mente y el agua hechas de sílabas.

 
Gabriel García Márquez. Tomado del ensayo Sibila del lenguaje, en Colombia escribe en español ¡Por fortuna!, Bogotá, Fundación Santillana, p. 131.

 
1. El tema del texto es

A. el asombro por las cosas maravillosas que creó Dios.
B. el deseo por la permanencia del lenguaje.
C. el orden que impone la geometría al caos.
D. el misterio y la función del lenguaje humano.
 

2. El género y el subgénero literarios presentes en el texto son

A. el épico y el sainete.
B. el dramático y el entremés.
C. el lírico y el poema filosófico.
D. el narrativo y la prosa poética.
 

3. Según la última versión del Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, la palabra sibila significa Mujer sabia a quien los antiguos atribuyeron espíritu profético. De acuerdo con este significado, el mensaje del título del texto

A. establece en el lenguaje humano la capacidad de conocer exclusivamente el pasado y el presente.
B. reconoce en el lenguaje humano el don de conocer lo distante en el tiempo y en el  espacio.
C. identifica el objetivo primordial de los diccionarios de lengua: definir de manera actual  las palabras.
D. revela de forma estética el origen de la expresión cotidiana: “el sexto sentido que poseen las mujeres”.

 
4. De acuerdo con el planteamiento sobre la existencia y origen del lenguaje, se puede inferir   que

A. Dios inventó el lenguaje.
B. el lenguaje se reinventa a sí mismo.
C. el hombre inventó el lenguaje.
D. el lenguaje ideó al hombre.
 

5. La oración Más allá todo es caos, todo es enigma, todo es pavor y silencio, pero aquí, en el reino del  lenguaje, el miedo se serena en fábulas y el infinito se doma en fantasías, es una oración

A. compuesta por coordinación.
B. simple.
C. compuesta por subordinación.
D. compuesta por yuxtaposición.
 

6. De acuerdo con el texto, podemos afirmar que las funciones generales dadas al lenguaje por los seres humanos   cubren campos como

A. la denominación de las artes, las ciencias exactas y las ciencias humanas.
B. la definición de las emociones, las artes, las ciencias exactas y las ciencias humanas.
C. la conceptualización de los valores humanos, las ciencias exactas, y las ciencias humanas.
D. la nominación de valores humanos, las emociones, las artes, las ciencias exactas, y las ciencias humanas.


7. En la expresión El lenguaje es el misterio y la solución del misterio, es la rosa y cada uno de sus pétalos, es el desierto y cada     uno de sus granos de arena, el eléctrico abismo lleno de soles que hay en cada partícula, las figuras literarias empleadas por el   autor son

A. la antonomasia y la metáfora, porque da a entender que el lenguaje es en sí misterioso y
     compara tácitamente al lenguaje con varios elementos de la naturaleza.
B. la analogía y la sinécdoque, ya que compara expresamente al lenguaje consigo mismo y
     con unos elementos de la naturaleza y refiere la composición de cada elemento por sus partes.
C. la personificación y la paradoja, porque representa al lenguaje como un ser viviente y  presenta
      una idea  extraña y absurda para definir el enigma del lenguaje de los seres humanos.
D. la hipérbole y la numeración, porque exagera la comprensión del lenguaje humano; y, además, organiza
     los principales términos que explican estética y poéticamente el lenguaje de los seres  humanos.
PERTEXTO LENGUAJE

8. En el fragmento Más allá todo es caos, todo es enigma, todo es pavor y silencio, pero aquí, en el reino del lenguaje, el miedo se serena en fábulas y el infinito se doma en fantasías, la muerte se dora de filosofías y de plegarias, la locura se resuelve en mitos y en músicas, el caos se ordena en geometría, el enigma se destila en sentencias, el pavor se limita en demonios y en dioses, el silencio se hace instrumento de la música, pausa armoniosa entre dos palabras que se encuentran por primera vez, la oración subrayada se refiere a

 
A. las acusaciones que la filosofía imputa a la religión sobre el tema de la muerte humana.
B. las explicaciones que tanto la filosofía como la religión dan al fenómeno de la muerte del ser humano.
C. la ayuda que tanto la filosofía como la religión piden al mito para comprender la realidad de la muerte.
D. la aflicción que sobrellevan los hombres por no comprender de manera total la muerte.

 
9. La expresión Oración que sitúa y ordena, conjuro misterioso que sana y que convoca, plegaria  emocionada que agradece y celebra, que no falte en los labios y en la mente y el agua hechas de sílabas, no, sino, formula al lector

A. un anuncio, con el objetivo primordial de informarle acerca del poder de sanación que contiene el lenguaje.
B. un consejo, con el fi n de incluir en los diversos usos del lenguaje (como el científico y el  cotidiano), figuras
   literarias y giros  poéticos.
C. un llamado, para que desenvuelva consciente, sagrada y felizmente su ser, empleando el lenguaje por
   medio del pensamiento y    del discurso.
D. un reclamo, para que incluya de forma inmediata elementos religiosos en todos los usos  que haga del
    lenguaje, ya que el lenguaje    proviene de Dios.

 
10. En la expresión Más asombrosa es la existencia del lenguaje, espejo también, pero mágico, pues no sólo permite ver el mundo físico sino advertir lo invisible y lo intangible, nombrar lo venidero y lo inexistente, los términos subrayados cumplen las funciones de

A. agregar una información a otra para completar una sola idea.
B. contraponer una información, ampliándola con otra, para explicarla.
C. comparar una información con otra y reunirlas en una sola idea.
D. separar una información de la otra para obtener dos ideas distintas.

 (Tomado de Hipertextos, Santillana)

PARA 6° Y 7°

ESTE FUE EL ÚLTIMO TEMA QUE SE COPIÓ, ANQUE LA MAYORÍA LO TERMINÓ, LO SUBO DE TODAS FORMAS

COMPRESIÓN DE LA LECTURA.

Proviene del vocablo latino “lectum”, que es el supino del verbo “legere” cuyo sentido primario es; elegir, seleccionar. “Es la interpretación y selección de un mensaje que se ha recibido por escrito”.

“La lectura nos permite entrar en contacto con otras maneras de ver la vida, de comprender el fenómeno de la producción de desarrollo, la vida económica o la política de un pueblo o nación”.

LEER: La lectura permite la comprensión y la interpretación

La lectura es importante porque:

A través de ella se adquiere la mayoría de los conocimientos.

Es la práctica de mayor importancia en el estudio.

Aumenta nuestra cultura.

El éxito o el fracaso dependen en gran parte de la eficiencia en la lectura.

A través de ella se transmiten los conocimientos de una generación a otra.

Proporciona diversas emociones.

Las lecturas se clasifican de acuerdo a:

La finalidad del lector, y a la naturaleza de la lectura.

Las finalidades del lector según los estudiosos de este campo,
reducen a cuatro:

1.- Adquirir conocimientos sobre una materia.

2.- Profundizar o ampliar los que ya se tienen.

3.- Distraerse o pasar un rato agradable.

4.- Influir en la manera de pensar, sentir y querer.

De acuerdo a los fines de su naturaleza las lecturas se clasifican en:

O De estudio:

Su objetivo es aprender con un método para un curso, un examen, etc.

O Estructural o Analítica:

Revisión general, para tener una visión de las partes y contenido de un libro.

O Dinámica:

Es una práctica sistemática de lectura rápida y comprensiva.

O De Consulta:

Sirve para ampliar los conocimientos a través del diccionario, enciclopedia y de otros textos.

O De Información:

Para conocer el área que le interesa al lector, por medio de folletos, revistas científicas o especializadas, periódicos, ensayos, etc.

O De Investigación:

Se realiza en diferentes libros y materiales para obtener información necesaria para elaborar una monografía, ensayo, informe, tesis, libro, etc.

O De Recreación:

Para descansar, por goce estético, buscando estimular la imaginación, la emoción, la reflexión, etc.

O Crítica o Evaluativa:

En ella se interpreta, se valora el conocimiento, los datos e informaciones. Es una lectura reflexiva sobre la intención ideológica del autor; para poder hacer una reseña o comentario y así elaborar un juicio o apropiarse de una nueva idea.

Otra clasificación de las lecturas es la que se hace, atendiendo a la forma como se realiza lo lectura:

O La Lectura de Comprensión:

Consiste, en leer para comprender el contenido del escrito. Saber distinguir: lo fundamental, de lo accesorio; los hechos, de las opiniones; lo comprobado, de lo discutible; los principios, de las aplicaciones; las causas, de los efectos; la condición, de lo condicionado; lo exclusivo, de lo común; lo convergente de lo divergente.

O La Lectura Estructural o Analítica:

Tiene por objeto conocer el libro y clasificarlo ¿Qué tipo de libro es? Explosivo... imaginativo... de divulgación... de consulta..., ¿En qué partes está dividido?, ¿Cuál es su estructura formal?; ¿Qué asunto trata?; ¿Qué es lo que busca expresar?, ¿Que problemas quiere mostrar o solucionar?, ¿Por qué?

O La Lectura Creativa:

Exige un lector capaz de crear proyectos complementarios vinculados con una obra, que sea polemista comprometido, testigo presencial capaz de expresarse a propósito de la obra por media de trabajos escritos cuyo requisito consiste en saber leer a profundidad.

O La Lectura Dinámica:

Consiste en mejorar el rendimiento del lector a fin de que este pueda leer provechosamente la mayor cantidad de información escrita. Es decir, que este tipo de lectura se distingue por dos características correlacionadas: Aumentar la comprensión (la capacidad de comprensión) y aumentar simultáneamente la velocidad de la lectura.

REQUISITOS DE LECTURA

Para el logro de una buena lectura debemos cubrir determinados requi­sitos como son:

Motivación

Interés

Atención

Constancia

Que el texto sea de nuestro nivel

Motivación:

Para iniciar la lectura con disposición se necesita que lleguemos impulsados por algún motivo. Por ejemplo la curiosidad por conocer el estilo de algún autor.

Interés:

Un estudiante puede tener interés en aprobar un examen y, saber que su único recurso es leer determinada obra. Hará esto con muy buena disposición.

Atención:

Una vez que el lector está bien motivado e interesado; se acerca a un libro o a cualquier texto, emprenderá la tarea con toda atención, fijando su mente en el contenido y desarrollo de la obra que comenzó a leer con el fin de evitar la dispersión mental.

Constancia:

Para que la lectura tenga éxito dependerá del empeño y asiduidad con que la realicemos.

RECUERDA: La mejor estrategia para alcanzar una buena comprensión de cualquier lectura, es leer, leer y leer. ¡Ah! Y nunca abandonar el diccionario

miércoles, 19 de marzo de 2014

PARA 6° UNIDADES DE LA LENGUA (LAS PALABRAS)

ESTE TEMA ES COMPLENTARIO DE LIBRO pgs 31 - 35  LES PUEDE SERVIR PARA ESTUDIAR


UNIDADES DE LA LENGUA
CLASES DE PALABRAS
Sustantivo: representa y nombra a los seres en las cosas: astronauta, vaca, calculadora, marciano.
Adjetivos: palabras que nombran cualidades o estados que pueden decirse de los sustantivos: fascinante, privilegiado, bonito, verde, feo, alto, suave, inquieto.
Verbos: palabras que expresan acciones, estados o procesos y que pueden tener variaciones de persona, de número, de tiempo y de modo: compró, tuvimos, sobrevivieron, viene, cantar, nadamos, comemos, dormían.
Adverbios: palabras que indican circunstancias:
De lugar: aquí, ahí, allí, acá, allá, dónde, abajo, arriba, cerca, lejos, dentro, fuera, delante, detrás, encima, debajo, adelante, atrás, dentro, afuera.
De tiempo: hoy, ayer, mañana, antes, después, luego, tarde, temprano, prestó, pronto, nunca, jamás, siempre, mientras, ya, aún, todavía, sucesivamente.
De modo: bien, mal, gratis, como, cuál, así, aún, aprisa, despacio, adrede,  buenamente, malamente y muchos terminados en mente.
De cantidad: mucho, un poco, muy, casi, harto, bastante, tanto, cuando, más, demasiado, todo, menos, apenas, tanto, menos, medio. 
Determinantes: palabras que determinan el significado los sustantivos.
·         Demostrativos: acompañan sustantivo para indicar la distancia que hay entre la persona que habla y los seres objetos a los que se refiere. Tienen el mismo número y género que los sustantivos a los que determinan.
De cercanía: éste, esta, estos, estas.
Distancia media: ese, esa, esos, esas.
Lejanía: aquél, aquélla, aquéllos, aquéllas.
·         Artículos: son palabras que determinan a los sustantivos porque implica su número es un género.

- Definidos: se refieren algo particular. El, ella, los, las, lo (para el género neutro)
 
- Indefinidos: se refiere a algo en general, no hay claridad de la cantidad ni a quién se refiere. Un, una, unos, unas. 

·         Posesivos: acompañar sustantivo e indican, como su nombre lo dice, en posesión. Indican que lo nombrado es propiedad de quien habla o de algo:
 
Singular
     1ª Mi, mis
     2ª Tú, tus
     3ª Su, sus 

Plural
     1ª Nuestro, nuestra, nuestros, nuestras
     2ª Su, sus
     3ª Su, sus

·         Los numerales: son los determinantes que informan sobre la cantidad, la posición y el orden de los sustantivos. 

Cardinales: informan cantidades exactas: uno, dos, tres, cuatro, cinco, etc.

Ordinales: informal el orden o la posición: primero, segundo, tercero, cuarto, etc.

Fraccionarios: informan cantidades que son sólo una parte de una unidad: un cuarto, un sexto, un medio, etc.

Multiplicativos: informan cantidades en múltiplos: doble, triple, cuádruple quíntuple, etc.

Pronombres personales: palabras que se utilizan para remitir a un sustantivo sin decir su nombre: yo, tú, el, nosotros, ustedes, ellos. 

Preposiciones: palabras invariables que introducen otras palabras. Indican dependencia entre dos o más palabras u oraciones: a, ante, bajo, cabe, con, contra, de, desde, durante, en, entre, excepto, hacia, hasta, para, por, según, sin, so, sobre, tras.

Conjunciones: palabras invariables que unen palabras o grupos de palabras equivalentes.
 
·         Copulativas. Unen: y, e, ni, que.
·         Disyuntivas. Separan: u, o, ya, obra, bien.
·         Adversativas. Indican oposición: mas, pero, aunque, sino, antes bien, siquiera, con todo, etc.

 ESTA ES SÓLO UNA PARTE. LA MAYORÍA DE LOS TEMAS SON MÁS AMPLIOS.

domingo, 23 de febrero de 2014

PARA 7°


BERENICE

Edgar Allan Poe
"Dicebant mihi sodales, si sepulchrum amicae visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas."   -Ebn Zaiat 

La desdicha es diversa. La desgracia cunde multiforme sobre la tierra. Desplegada sobre el ancho horizonte como el arco iris, sus colores son tan variados como los de éste y también tan distintos y tan íntimamente unidos. ¡Desplegada sobre el ancho horizonte como el arco iris! ¿Cómo es que de la belleza he derivado un tipo de fealdad; de la alianza y la paz, un símil del dolor? Pero así como en la ética el mal es una consecuencia del bien, así, en realidad, de la alegría nace la pena. O la memoria de la pasada beatitud es la angustia de hoy, o las agonías que son se originan en los éxtasis que pudieron haber sido. 
Mi nombre de pila es Egaeus; no mencionaré mi apellido. Sin embargo, no hay en mi país torres más venerables que mi melancólica y gris heredad. Nuestro linaje ha sido llamado raza de visionarios, y en muchos detalles sorprendentes, en el carácter de la mansión familiar en los frescos del salón principal, en las colgaduras de los dormitorios, en los relieves de algunos pilares de la sala de armas, pero especialmente en la galería de cuadros antiguos, en el estilo de la biblioteca y, por último, en la peculiarísima naturaleza de sus libros, hay elementos más que suficientes para justificar esta creencia.
Los recuerdos de mis primeros años se relacionan con este aposento y con sus volúmenes, de los cuales no volveré a hablar. Allí murió mi madre. Allí nací yo. Pero es simplemente ocioso decir que no había vivido antes, que el alma no tiene una existencia previa. ¿Lo negáis? No discutiremos el punto. Yo estoy convencido, pero no trato de convencer. Hay, sin embargo, un recuerdo de formas aéreas, de ojos espirituales y expresivos, de sonidos musicales, aunque tristes, un recuerdo que no será excluido, una memoria como una sombra, vaga, variable, indefinida, insegura, y como una sombra también en la imposibilidad de librarme de ella mientras brille el sol de mi razón.  
En ese aposento nací. Al despertar de improviso de la larga noche de eso que parecía, sin serlo, la no-existencia, a regiones de hadas, a un palacio de imaginación, a los extraños dominios del pensamiento y la erudición monásticos, no es raro que mirara a mi alrededor con ojos asombrados y ardientes, que malgastara mi infancia entre libros y disipara mi juventud en ensoñaciones; pero sí es raro que transcurrieran los años y el cenit de la virilidad me encontrara aún en la mansión de mis padres; sí, es asombrosa la paralización que subyugó las fuentes de mi vida, asombrosa la inversión total que se produjo en el carácter de mis pensamientos más comunes. Las realidades terrenales me afectaban como visiones, y sólo como visiones, mientras las extrañas ideas del mundo de los sueños se tornaron, en cambio, no en pasto de mi existencia cotidiana, sino realmente en mi sola y entera existencia.  
Berenice y yo éramos primos y crecimos juntos en la heredad paterna. Pero crecimos de distinta manera: yo, enfermizo, envuelto en melancolía; ella, ágil, graciosa, desbordante de fuerzas; suyos eran los paseos por la colina; míos, los estudios del claustro; yo, viviendo encerrado en mí mismo y entregado en cuerpo y alma a la intensa y penosa meditación; ella, vagando despreocupadamente por la vida, sin pensar en las sombras del camino o en la huida silenciosa de las horas de alas negras. ¡Berenice! Invoco su nombre... ¡Berenice! Y de las grises ruinas de la memoria mil tumultuosos recuerdos se conmueven a este sonido. ¡Ah, vívida acude ahora su imagen ante mí, como en los primeros días de su alegría y de su dicha! ¡Ah, espléndida y, sin embargo, fantástica belleza! ¡Oh sílfide entre los arbustos de Arnheim! ¡Oh náyade entre sus fuentes! Y entonces, entonces todo es misterio y terror, y una historia que no debe ser relatada. La enfermedad -una enfermedad fatal- cayó sobre ella como el simún, y mientras yo la observaba, el espíritu de la transformación la arrasó, penetrando en su mente, en sus hábitos y en su carácter, y de la manera más sutil y terrible llegó a perturbar su identidad. ¡Ay! El destructor iba y venía, y la víctima, ¿dónde estaba? Yo no la conocía o, por lo menos, ya no la reconocía como Berenice.  
Entre la numerosa serie de enfermedades provocadas por la primera y fatal, que ocasionó una revolución tan horrible en el ser moral y físico de mi prima, debe mencionarse como la más afligente y obstinada una especie de epilepsia que terminaba no rara vez en catalepsia, estado muy semejante a la disolución efectiva y de la cual su manera de recobrarse era, en muchos casos, brusca y repentina. Entretanto, mi propia enfermedad -pues me han dicho que no debo darle otro nombre-, mi propia enfermedad, digo, crecía rápidamente, asumiendo, por último, un carácter monomaniaco de una especie nueva y extraordinaria, que ganaba cada vez más vigor y, al fin, obtuvo sobre mí un incomprensible ascendiente. Esta monomanía, si así debo llamarla, consistía en una irritabilidad morbosa de esas propiedades de la mente que la ciencia psicológica designa con la palabra atención. Es más que probable que no se me entienda; pero temo, en verdad, que no haya manera posible de proporcionar a la inteligencia del lector corriente una idea adecuada de esa nerviosa intensidad del interés con que en mi caso las facultades de meditación (por no emplear términos técnicos) actuaban y se sumían en la contemplación de los objetos del universo, aun de los más comunes.  
Reflexionar largas horas, infatigable, con la atención clavada en alguna nota trivial, al margen de un libro o en su tipografía; pasar la mayor parte de un día de verano absorto en una sombra extraña que caía oblicuamente sobre el tapiz o sobre la puerta; perderme durante toda una noche en la observación de la tranquila llama de una lámpara o los rescoldos del fuego; soñar días enteros con el perfume de una flor; repetir monótonamente alguna palabra común hasta que el sonido, por obra de la frecuente repetición, dejaba de suscitar idea alguna en la mente; perder todo sentido de movimiento o de existencia física gracias a una absoluta y obstinada quietud, largo tiempo prolongada; tales eran algunas de las extravagancias más comunes y menos perniciosas provocadas por un estado de las facultades mentales, no único, por cierto, pero sí capaz de desafiar todo análisis o explicación.  
Mas no se me entienda mal. La excesiva, intensa y mórbida atención así excitada por objetos triviales en sí mismos no debe confundirse con la tendencia a la meditación, común a todos los hombres, y que se da especialmente en las personas de imaginación ardiente. Tampoco era, como pudo suponerse al principio, un estado agudo o una exageración de esa tendencia, sino primaria y esencialmente distinta, diferente. En un caso, el soñador o el fanático, interesado en un objeto habitualmente no trivial, lo pierde de vista poco a poco en una multitud de deducciones y sugerencias que de él proceden, hasta que, al final de un ensueño colmado a menudo de voluptuosidad, el incitamentum o primera causa de sus meditaciones desaparece en un completo olvido. En mi caso, el objeto primario era invariablemente trivial, aunque asumiera, a través del intermedio de mi visión perturbada, una importancia refleja, irreal. Pocas deducciones, si es que aparecía alguna, surgían, y esas pocas retornaban tercamente al objeto original como a su centro. Las meditaciones nunca eran placenteras, y al cabo del ensueño, la primera causa, lejos de estar fuera de vista, había alcanzado ese interés sobrenaturalmente exagerado que constituía el rasgo dominante del mal. En una palabra: las facultades mentales más ejercidas en mi caso eran, como ya lo he dicho, las de la atención, mientras en el soñador son las de la especulación.  
Mis libros, en esa época, si no servían en realidad para irritar el trastorno, participaban ampliamente, como se comprenderá, por su naturaleza imaginativa e inconexa, de las características peculiares del trastorno mismo. Puedo recordar, entre otros, el tratado del noble italiano Coelius Secundus Curio De Amplitudine Beati Regni dei, la gran obra de San Agustín La ciudad de Dios, y la de Tertuliano, De Carne Christi, cuya paradójica sentencia: Mortuus est Dei filius; credibili est quia ineptum est: et sepultus resurrexit; certum est quia impossibili est, ocupó mi tiempo íntegro durante muchas semanas de laboriosa e inútil investigación.  
Se verá, pues, que, arrancada de su equilibrio sólo por cosas triviales, mi razón semejaba a ese risco marino del cual habla Ptolomeo Hefestión, que resistía firme los ataques de la violencia humana y la feroz furia de las aguas y los vientos, pero temblaba al contacto de la flor llamada asfódelo. Y aunque para un observador descuidado pueda parecer fuera de duda que la alteración producida en la condición moral de Berenice por su desventurada enfermedad me brindaría muchos objetos para el ejercicio de esa intensa y anormal meditación, cuya naturaleza me ha costado cierto trabajo explicar, en modo alguno era éste el caso. En los intervalos lúcidos de mi mal, su calamidad me daba pena, y, muy conmovido por la ruina total de su hermosa y dulce vida, no dejaba de meditar con frecuencia, amargamente, en los prodigiosos medios por los cuales había llegado a producirse una revolución tan súbita y extraña. Pero estas reflexiones no participaban de la idiosincrasia de mi enfermedad, y eran semejantes a las que, en similares circunstancias, podían presentarse en el común de los hombres. Fiel a su propio carácter, mi trastorno se gozaba en los cambios menos importantes, pero más llamativos, operados en la constitución física de Berenice, en la singular y espantosa distorsión de su identidad personal.  
En los días más brillantes de su belleza incomparable, seguramente no la amé. En la extraña anomalía de mi existencia, los sentimientos en mí nunca venían del corazón, y las pasiones siempre venían de la inteligencia. A través del alba gris, en las sombras entrelazadas del bosque a mediodía y en el silencio de mi biblioteca por la noche, su imagen había flotado ante mis ojos y yo la había visto, no como una Berenice viva, palpitante, sino como la Berenice de un sueño; no como una moradora de la tierra, terrenal, sino como su abstracción; no como una cosa para admirar, sino para analizar; no como un objeto de amor, sino como el tema de una especulación tan abstrusa cuanto inconexa. Y ahora, ahora temblaba en su presencia y palidecía cuando se acercaba; sin embargo, lamentando amargamente su decadencia y su ruina, recordé que me había amado largo tiempo, y, en un mal momento, le hablé de matrimonio. 
Y al fin se acercaba la fecha de nuestras nupcias cuando, una tarde de invierno -en uno de estos días intempestivamente cálidos, serenos y brumosos que son la nodriza de la hermosa Alción-, me senté, creyéndome solo, en el gabinete interior de la biblioteca. Pero alzando los ojos vi, ante mí, a Berenice. 

¿Fue mi imaginación excitada, la influencia de la atmósfera brumosa, la luz incierta, crepuscular del aposento, o los grises vestidos que envolvían su figura, los que le dieron un contorno tan vacilante e indefinido? No sabría decirlo. No profirió una palabra y yo por nada del mundo hubiera sido capaz de pronunciar una sílaba. Un escalofrío helado recorrió mi cuerpo; me oprimió una sensación de intolerable ansiedad; una curiosidad devoradora invadió mi alma y, reclinándome en el asiento, permanecí un instante sin respirar, inmóvil, con los ojos clavados en su persona. ¡Ay! Su delgadez era excesiva, y ni un vestigio del ser primitivo asomaba en una sola línea del contorno. Mis ardorosas miradas cayeron, por fin, en su rostro.  
La frente era alta, muy pálida, singularmente plácida; y el que en un tiempo fuera cabello de azabache caía parcialmente sobre ella sombreando las hundidas sienes con innumerables rizos, ahora de un rubio reluciente, que por su matiz fantástico discordaban por completo con la melancolía dominante de su rostro. Sus ojos no tenían vida ni brillo y parecían sin pupilas, y esquivé involuntariamente su mirada vidriosa para contemplar los labios, finos y contraídos. Se entreabrieron, y en una sonrisa de expresión peculiar los dientes de la cambiada Berenice se revelaron lentamente a mis ojos. ¡Ojalá nunca los hubiera visto o, después de verlos, hubiese muerto! .
El golpe de una puerta al cerrarse me distrajo y, alzando la vista, vi que mi prima había salido del aposento. Pero del desordenado aposento de mi mente, ¡ay!, no había salido ni se apartaría el blanco y horrible espectro de los dientes. Ni un punto en su superficie, ni una sombra en el esmalte, ni una melladura en el borde hubo en esa pasajera sonrisa que no se grabara a fuego en mi memoria. Los vi entonces con más claridad que un momento antes. ¡Los dientes! ¡Los dientes! Estaban aquí y allí y en todas partes, visibles y palpables, ante mí; largos, estrechos, blanquísimos, con los pálidos labios contrayéndose a su alrededor, como en el momento mismo en que habían empezado a distenderse. Entonces sobrevino toda la furia de mi monomanía y luché en vano contra su extraña e irresistible influencia. Entre los múltiples objetos del mundo exterior no tenía pensamientos sino para los dientes. Los ansiaba con un deseo frenético. Todos los otros asuntos y todos los diferentes intereses se absorbieron en una sola contemplación. Ellos, ellos eran los únicos presentes a mi mirada mental, y en su insustituible individualidad llegaron a ser la esencia de mi vida intelectual. Los observé a todas las luces. Les hice adoptar todas las actitudes. Examiné sus características. Estudié sus peculiaridades. Medité sobre su conformación. Reflexioné sobre el cambio de su naturaleza. Me estremecía al asignarles en imaginación un poder sensible y consciente, y aun, sin la ayuda de los labios, una capacidad de expresión moral. Se ha dicho bien de mademoiselle Sallé que tous ses pas étaient des sentiments, y de Berenice yo creía con la mayor seriedad que toutes ses dents étaient des idées. Des idées! ¡Ah, éste fue el insensato pensamiento que me destruyó! Des idées! ¡Ah, por eso era que los codiciaba tan locamente! Sentí que sólo su posesión podía devolverme la paz, restituyéndome a la razón. 
Y la tarde cayó sobre mí, y vino la oscuridad, duró y se fue, y amaneció el nuevo día, y las brumas de una segunda noche se acumularon y yo seguía inmóvil, sentado en aquel aposento solitario; y seguí sumido en la meditación, y el fantasma de los dientes mantenía su terrible ascendiente como si, con la claridad más viva y más espantosa, flotara entre las cambiantes luces y sombras del recinto. Al fin, irrumpió en mis sueños un grito como de horror y consternación, y luego, tras una pausa, el sonido de turbadas voces, mezcladas con sordos lamentos de dolor y pena. Me levanté de mi asiento y, abriendo de par en par una de las puertas de la biblioteca, vi en la antecámara a una criada deshecha en lágrimas, quien me dijo que Berenice ya no existía. Había tenido un acceso de epilepsia por la mañana temprano, y ahora, al caer la noche, la tumba estaba dispuesta para su ocupante y terminados los preparativos del entierro.  
Me encontré sentado en la biblioteca y de nuevo solo. Me parecía que acababa de despertar de un sueño confuso y excitante. Sabía que era medianoche y que desde la puesta del sol Berenice estaba enterrada. Pero del melancólico periodo intermedio no tenía conocimiento real o, por lo menos, definido. Sin embargo, su recuerdo estaba repleto de horror, horror más horrible por lo vago, terror más terrible por su ambigüedad. Era una página atroz en la historia de mi existencia, escrita toda con recuerdos oscuros, espantosos, ininteligibles. Luché por descifrarlos, pero en vano, mientras una y otra vez, como el espíritu de un sonido ausente, un agudo y penetrante grito de mujer parecía sonar en mis oídos. Yo había hecho algo. ¿Qué era? Me lo pregunté a mí mismo en voz alta, y los susurrantes ecos del aposento me respondieron: ¿Qué era?  
En la mesa, a mi lado, ardía una lámpara, y había junto a ella una cajita. No tenía nada de notable, y la había visto a menudo, pues era propiedad del médico de la familia. Pero, ¿cómo había llegado allí, a mi mesa, y por qué me estremecí al mirarla? Eran cosas que no merecían ser tenidas en cuenta, y mis ojos cayeron, al fin, en las abiertas páginas de un libro y en una frase subrayaba: Dicebant mihi sodales si sepulchrum amicae visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas. ¿Por qué, pues, al leerlas se me erizaron los cabellos y la sangre se congeló en mis venas?  
Entonces sonó un ligero golpe en la puerta de la biblioteca; pálido como un habitante de la tumba, entró un criado de puntillas. Había en sus ojos un violento terror y me habló con voz trémula, ronca, ahogada. ¿Qué dijo? Oí algunas frases entrecortadas. Hablaba de un salvaje grito que había turbado el silencio de la noche, de la servidumbre reunida para buscar el origen del sonido, y su voz cobró un tono espeluznante, nítido, cuando me habló, susurrando, de una tumba violada, de un cadáver desfigurado, sin mortaja y que aún respiraba, aún palpitaba, aún vivía.  
Señaló mis ropas: estaban manchadas de barro, de sangre coagulada. No dije nada; me tomó suavemente la mano: tenía manchas de uñas humanas. Dirigió mi atención a un objeto que había contra la pared; lo miré durante unos minutos: era una pala. Con un alarido salté hasta la mesa y me apoderé de la caja. Pero no pude abrirla, y en mi temblor se me deslizó de la mano, y cayó pesadamente, y se hizo añicos; y de entre ellos, entrechocándose, rodaron algunos instrumentos de cirugía dental, mezclados con treinta y dos objetos pequeños, blancos, marfilinos, que se desparramaron por el piso.
FIN